Esta mañana he entrado en una librería, y he salido con un libro: Extreme Restaurants (H. Kliczkowski), una compilación de restaurantes extra-ordinarios del mundo, con cero presencia española, y con una traducción al español que deja bastante que desear.
De los que incluye el volumen, he estado en uno, el Sirocco, en lo alto de la State Tower (Bangkok), aunque sólo me bebí un cóctel en su Sky Bar, no comí. Sí lo hice en Breeze, la marisquería de la planta 52, y tras la cena cruzamos la pasarela de cristal y subimos hasta la 64 para tomar un Mai Tai en la barra circular iluminada al borde del abismo, con vistas a la ciudad y, de día, al cautivador río Chao Phraya.
Allí conocimos a una pareja madrileña con niño, un poco impertinente, empeñado en romper todos los cigarrillos que su padre intentaba llevarse a la boca mientras disfrutaba del momento y nos explicaba sus intensas vivencias como cámara de televisión en Darfur (Sudán).
No he visitado pero me hubiese gustado hacerlo (coincidió que estaba cerrado por reformas cuando fui a Singapur, y me parece que luego no volvió a abrir sus puertas), el Aurum@The Clinic, un complejo de ocio con diseño interior del controvertido artista británico Damien Hirst -el del tiburón en formol-, en donde uno se sentaba en una silla de ruedas, las mesas eran réplicas de mobiliario de quirófano, las lámparas idénticas a las que iluminan al cirujano durante una operación, los fideos se servían con jeringuilla y los cócteles en bolsas de suero.
Tampoco me importaría subirme al Dinner In The Sky, participar en alguno de los festines al fresco que Jim Denevan organiza en granjas, playas o viñedos para que el comensal sepa de dónde vienen los alimentos que tiene en el plato, ni, como cobaya de Marije Vogelzang, ser la primera en probar su último concepto comestible en el atelier Proef de Ámsterdam.
Es soñado el restaurant Sirocco, de los extremadamente cálidos.
También me gustaría comentar sobre el restaurant tan romántico de la Torre Eiffel.