Ayer quedé para comer con Àngels en el Bar Escocés (Mandri, 23). Habíamos estado allí tomando un café a finales de julio, y me encantó el sitio, así que le propuse repetir. He salido de casa tras dos días de reclusión sin pisar la calle por sobrecarga laboral y ninguna cita en la agenda. Por favor amigos y amigas, sacadme más.
Las ventanas de cristal oscuro, las paredes de madera, la chimenea, las mesitas, los asientos bajos de cuero y los camareros uniformados le otorgan un aire distinguido de club británico, y la sala que no da a la calle, con sus rincones, constituye un reducto para esos momentos en los que se busca un cierto aislamiento.
En la carta hay tapas, ensaladas, bocadillos calientes y fríos (el Primavera para los vegetarianos), torrades, platos contundentes como la Sopa de cebolla y queso, Guisantes con jamón y Habitas con bacon muy del rollo anglosajón, filetes, hamburguesas y elaboraciones de toda la vida como el medio huevo duro con atún coronado con mayonesa y yema rallada.
Hemos coincidido en la elección del primero y el segundo: Ensalada verde (sólo lechuga y tomate sin piel de huerto, no de invernadero, me pregunto qué llevará la Ensalada completa… ¿olivas y cebolla?), y torrada de jamón serrano, que me apetecía un montón y no me ha decepcionado.
Hablando, hemos pasado de un tema a otro sin prisa pero sin pausa, del lugar de veraneo (con la intervención espontánea de un señor que ocupaba la mesa de al lado, muy puesto en civilizaciones antiguas, desde la Rapa Nui a la egipcia) a la cosmética avanzada, sobre la que ella sabe mucho. Y así ha volado el tiempo, y luego cada una a lo suyo hasta la próxima.
[...] finales de julio no sólo descubrí el Bar Escocés con Àngels, también el Kokun con Ana. Ella se quedó a cenar con un grupo de amigos, yo no pude [...]