Encontrar el restaurante ‘Al son del Indiano‘ no es fácil, hay que recorrer un largo camino lleno de sinuosas curvas. Más de una vez mientras el autobús daba un giro tras otro, pensaba: ¿dónde nos están llevando? Después unos 30 minutos de recorrido llegamos al pueblo de Malleza. Allí en ‘Al son del Indiano’, nos daba la bienvenida Paulino, anfitrión de este increíble restaurante de tres tenedores. Nos recibió en el salón de bailes del restaurante y para romper el hielo nos contó la historia del nombre de su restaurante. En Asturias se denomina indianos a los emigrantes que dejaron España y se fueron a América en busca de un futuro mejor.
El edifico que alberga el restaurante es una antigua fonda de 2 pisos, con varias salas, cada una de ellas cuidada hasta el más mínimo detalle, con una decoración que parece no haberse dado cuenta del paso del tiempo. Una antigua televisión, o mejor dicho: una vieja radio con imágenes, así como la describió Paulino, estuvo todo el tiempo vigilándonos mientras probábamos los fantásticos platos de Luis Rubio, el artífice de las deliciosas creaciones.
Empezamos por las croquetas líquidas de ortiga con reducción de remolacha, ¡toda una experiencia! Hay que comerlas con mucho cuidado: una vez en la boca hay que cerrar bien los labios para no dejar escapar ni una gota de su delicioso líquido. A primera vista son croquetas normales y corriente, pero una vez mordidas… ¡sorpresa!
Seguimos con un arroz meloso de mar con setas y cigalas, un montadito de morcilla con manzana y reducción de Pedro Ximénez y acabamos con 2 postres: un tiramisù con Philadelphia en lugar de mascarpone y un arroz con leche, plato típico de esta zona, pero aquí ‘reinventado’: encontramos en el plato los ingrediente principales, arroz, azúcar, limón y canela, todos separados, cada uno con una textura diferente: helado, gelatina, mousse.
Paulino nos explicó que el cerebro registra y mezcla cada sabor, así que comiendo por separado cada uno de los ingredientes al final tenemos la misma sensación que si hubiésemos comido una cucharada del clásico arroz con leche.
Saliendo del restaurante, una vieja bicicleta apoyada en un árbol nos despedía. La leyenda cuenta que un indiano antes de irse a America pidió a un niño de Malleza que cuidara de ella hasta su regreso. La bicicleta después de tantos años aún sigue allí.
Toda una experiencia! Vale la pena ir no solo por sus fantásticas y sorprendentes croquetas líquidas o su original arroz con leche, sino también por conocer a Paulino y escuchar sus historias.
No solo la decoración está cuidada hasta el más mínimo detalle, además de un servicio muy atento, el camarero o Paulino, te explican cada plato servido y la forma de comerlo, como en el caso de las croquetas.